Cielo de primavera

Andrew Hopeburn no existe (un sueño donde mi teléfono tenía cara)

Hace unos días me dormí una siesta y tuve uno de esos sueños de los que te despertás pensando "tengo que contarle esto a alguien ahora mismo o me lo olvido para siempre".

El sueño comienza con un tipo, muy cerca, muy cerca, demasiado cerca. Era como un actor. Pelo negro, más o menos corto. Cara medio cuadrada, mandíbula marcada, ojos ligeramente juntos, redondos. Y me miraba. Directo. Fijo. Yo ahí, tipo: WTF, ¿qué onda con este tipo? Sentía que lo reconocía, pero no podía ubicarlo. Lógica de los sueños.

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Entonces me dice: "Te voy a seguir mirando."

Aparto la vista (y recién ahí me doy cuenta de que estoy parada en un vacío oscuro) y cuando vuelvo a mirarlo, su gesto cambia: hay algo amenazante como que me va a pegar. Entiendo la regla de ese mundo vacío en el que me encontraba: si dejo de mirarlo, se mueve. Si lo miro, se queda quieto.

Entonces lo miro. Y me perturba, sí, pero también es... atractivo. Cuanto más lo miraba, más quería seguir mirándolo.
—No te conozco, chabón —le digo—. No sé quién sos.
—Me conocés —Él responde, con una seguridad absurda—. Soy famoso. Soy Andrew Hopeburn.
—No sé quién sos, amigo. ¿Querés que te diga? No sé quién sos. No sé quién sos.

La conversación se vuelve un loop ridículo, cómico, escalando en intensidad:
—Vos me conocés.
—No sé quién sos.
—Soy famoso.
—No sé quién sos.

Y esa conversación absurda se escala. Él insistiendo en que es famoso, yo negándome a reconocerlo, y cuanto más ridícula se volvía la discusión, más intensa se ponía. Nos fuimos acercando. Más y más y más. Hasta que su cara era todo lo que existía en el mundo, que estaba vacío excepto por Andrew y yo.

Lo agarré de los hombros. Los dos nos levantamos (habíamos estado sentados, él en una plataforma más alta, en ese lugar oscuro) y de repente lo entendí todo con una claridad espontánea, de esa que solo existe en los sueños.

—Ya sé. No te puedo dejar de mirar porque sos una representación de mi celular.

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Entonces, cuando lo estoy mirando, porque en ese punto ya no lo podía dejar de mirar, su cabeza se convierte en un celular. Y en el celular empezaron a aparecer memes. Memes muy buenos. Me empecé a reír. A reírme y reírme y reírme. ¡Qué gracioso es Andrew! Y nos pusimos a girar, los dos agarrados, flotando, moviéndonos a la velocidad de la luz en un agujero negro, con su cara-celular y la mía extremadamente cerca, y el universo entero reducido a eso: su pantalla, mi cara, y un vacío negro de fondo.

Me estaba riendo tanto, tanto, tanto que yo dije: "Tengo que contarle esto a alguien, tengo que contarle esto a alguien, tengo que contarle esto a alguien."

Y de pronto todo se acelera. Seguimos agarrados de los hombros, cara contra cara (su cara-celular) mientras giramos a una velocidad imposible, como una estrella de neutrones. No hay nada más en el universo: solo su pantalla, mi cara, y un fondo negro absoluto.

Me forcé a despertar. Viste cuando tenés que pelear contra el sueño para abrir los ojos, forzarte, forzarte, forzarte. Lo hice. Abrí los ojos.
Pero seguía adentro del sueño.

Agarré el celular (el real, aunque dentro del sueño, no la cabeza de Andrew) y me encontré con algo raro: una cuenta vieja de una red social antigua (real solo dentro del sueño), abierta en un mail que hacía años no usaba. Y me acordé. Cuando era muy chica (en ese mundo de sueño) usaba esas redes, subía fotos y gente rara hablándome, cosas que en ese momento no entendía. Nunca pude borrar esa cuenta porque había perdido la contraseña.

Y ahí estaba. Abierto.

Ya está, pensé. Lo cierro y chau.

Pero al entrar pude ver todas las cuentas conectadas. Abrí el Instagram vinculado a ese mail y le mandé un mensaje a un amigo. Y resulta que yo tenía todo un alter ego. Cuando le mandé el mensaje, me respondió a mí (la original) sin saber: "Che, ¿quién es esta loca de mierda? La tipa me clavó el visto."

Iba a decirle soy yo cuando, sin querer, toqué un botón de Meta IA que apareció de repente. Y la IA empezó a resumir el chat.

Pero no lo resumió. Hizo una tesis. Párrafos y párrafos que reescribían toda la historia de mi amistad con ese chico (que, aclaro, solo existía en el mundo de los sueños) y de ese alter ego mío de cuando era más joven. El texto era larguísimo y se movía hacia arriba a toda velocidad. Lo leía en pedacitos. Y lo que alcanzaba a leer me perturbaba. Era turbio, turbio, turbio. La IA sabía cosas. Describía cosas que no recordaba, que no creia que fueran reales pero tenía, por alguna razón, la seguridad de que lo eran. Y que lo describiera de manera tan extensa, tan exacta, tan detallada, hizo que se me acelerara el pulso. No era suficiente el arrepentiemiento de encontrar esa antigua cuenta con cosas raras, ahora una IA me narraba un pasado que no recordaba.

Cambio de paradigma.

Ya no estaba en mi cama, habiendo despertado forzosamente del sueño con Andrew Hopeburn. Estaba en un patio de universidad, de noche, rodeada de hombres de negocios sentados en bancos de cemento. Todo cemento. Yo corría entre ellos buscando algo. No sé qué busco, pero corro, y me muevo extremadamente rápido.

Paré. Los miré. Me miraron. En mi apuro no me había dado cuenta que me había detenido en medio de una ronda de los hombre de negocios, que parecía que estaban discutiendo algo.
Todos de traje (algunos sin el saco, pero con corbata y camisa) y yo ahí en el medio.

—Disculpen, disculpen.

Y seguí corriendo, girando, moviéndome a la velocidad de la luz.

El patio se convirtió en un lugar cerrado: uno de esos galpones de película de guerra donde los soldados duermen todos juntos, con literas de metal y colchones finitos. Pensé: me tengo que acostar. Si no estoy durmiendo, ¿de qué voy a despertar? Pero la cama de arriba estaba demasiado cerca de la de abajo. No me podía meter. No había espacio. Intenté, intenté, sentada en el borde del colchón fino apenas sentada y cuando levanté la cabeza...

Estaba en una cafetería.

Chetísima. Toda revestida en madera oscura, de roble antiguo. Y un estante enorme, lleno de libros nuevos. Me acerqué a leer los lomos.

Estética. Kant. Baudelaire. Filosofía del arte. Platón.

Era toda la bibliografía de la materia que había estado estudiando antes de dormirme la siesta.

—No puede ser, la puta madre —pensé, ya sin ninguna conciencia de que estaba soñando—. Tengo que venir acá todos los días a estudiar.

En vez de sacar un libro para ver qué tiene adentro, veo a mis viejos estaban en el mostrador, pagando algo.

—Ma, pa, acá tienen toda la bibliografía de la materia que estoy cursando.

Me miraron sin entenderme.

PUM.

Estoy afuera. Es de noche. Estoy en la estación de tren. Lugar más tétrico no te podés imaginar. Sentí el miedo real, de alguna vez que pasé por un luga tétrico en mi vida, de noche, oscuro, la adrenalina de no poder distinguir las sombras. De no saber que hay al doblar la esquina. De no saber quién es aquella figura a la distancia.

Empecé a correr (siempre corro en los sueños, no sé por qué, porque es divertido) pero estaba del lado equivocado de las vías, que al parecer tenía que cruzar para llegar a casa. Lejos. Muy lejos. No llegaba, no llegaba, no llegaba.

Y todo empezó a ponerse en blanco y negro.

Ahí me di cuenta de que algo estaba mal, algo no encajaba. "¿¡Que está pasando acá!?" Pensé mientreas corría hacia las vías que parecían alejarse cada vez más. Vi una silueta en las vías, agazapada. Dos ojos en la oscuridad. Me paralicé. Llevaba tanto tiempo corriendo que en ese momento, repentinameente parada en el medio de las vías, no me podía mover. No podía moverme.

Me había dado cuenta de que era un sueño, pero me carcomía el miedo. “Despertate”, pienso. “Por favor.” Yo estaba paralizada. Mi cuerpo no me respondía.

"No, loco, no, boludo", no podía creer.

Porque no eran dos ojos. Era un tren que se acercaba a toda velocidad. Escuchaba el ruido ensordecedor de las ruedas contra las vías, vías que se estremecían bajo mis pies de manera cada vez má violenta. La luz cada vez más fuerte. Me iba a aplastar, me iba a aplastar, me iba a aplastar.

Y me desperté.

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